Viejos y nuevos sentidos de comunidad en la educación popular

Alfonso Torres Carrillo
Universidad Pedagógica Nacional de Colombia
Colombia

 

 

 

 

Resumen  Es necesario que reflexionemos sobre las dimensiones de lo comunitario desde la perspectiva de la educación popular. En la actualidad son muchos los discursos y prácticas que abordan la comunidad, refiriéndose no solo a poblaciones pobres que viven en territorios reducidos, sino igualmente a diferentes formas de convivencia, al establecimientos de vínculos más estables y a diferentes sentidos de pertenencia que no solo aluden a lo común, sino también a lo que diferencia. La educación popular puede enriquecer estas prácticas, incorporando y potenciando estas nuevas dimensiones desde su perspectiva emancipadora. 



Una de las palabras más recurrentes en el lenguaje de los educadores populares es comunidad: “Vamos a trabajar con la comunidad”, “aprendemos en comunidad” o “partimos de los problemas de la comunidad”, son expresiones frecuentes entre quienes promueven y desarrollan acciones inspiradas en las pedagogías liberadoras, y quienes están comprometidos con la transformación social.

“Existen nuevos modos de estar y actuar juntos que generan vínculos, solidaridad y compromiso en torno a prácticas culturales, opciones éticas y movimientos sociales en el que participan personas de diferente procedencia y características.”

Actually, it is commonly recognised that, at the beginning of the twenty-first century, capitalism has not only reached all corners of the planet but also into all areas of community life. Rather than being just a mode of production or an economic system, it has converted itself into a paradigm with a hegemonic vocation. Thus, the business and commercial paradigm now imposes itself in the world of art, education, health and even everyday life, infusing them all with its profit motive and competencies, its instrumentalism and individualism, its contempt for community values.

Sin embargo, cuando preguntamos a los mismos acerca de su manera de entender dicha “comunidad”, generalmente la identifican con una población ubicada en un territorio que comparte rasgos, necesidades e intereses comunes.

Esta noción resulta pertinente para referirse a colectivos campesinos e indígenas, donde sus integrantes se reconocen como “comuneros” y cuya referencia principal es
compartir un territorio, unas condiciones sociales y unos rasgos culturales comunes. Pero al mismo tiempo es limitada para dar cuenta de otros procesos que se reconocen como comunitarios pero que no están anclados a un espacio o al hecho de compartir rasgos o problemas comunes. Existen nuevos modos de estar y actuar juntos que generan vínculos, solidaridad y compromiso en torno a prácticas culturales, opciones éticas y movimientos sociales en el que participan personas de diferente procedencia y características. Muchas de estas agrupaciones y acciones se definen como comunitarias en oposición a formas de vida, relación
y consumo de carácter capitalista.

En efecto, ya es un lugar común reconocer que a comienzos del siglo X XI el capitalismo no solo ha llegado a todos los rincones del planeta, sino también a todos los ámbitos de la vida colectiva. Al dejar de ser solo un modo de producción o sistema económico, se ha convertido en un paradigma con vocación hegemónica. Así, el paradigma empresarial y mercantil ahora se impone a los mundos del arte, de la educación, de la salud y hasta de la vida cotidiana, impregnándolos de su afán de lucro y de competencia, su instrumentalismo e individualismo, su desprecio por los valores comunitarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viejos y nuevos sentidos de comunidad en América Latina

La mercantilización generalizada de las relaciones sociales, llevada al extremo en el modelo neoliberal, busca disolver “toda forma de sociabilidad y la posibilidad de producir libremente otras formas de vida que representa la confirmación recíproca de la individualidad y de la opción de asignarse fines comunes” (Barcelona 1999). Como “pensamiento único”
también busca impedir que surjan sujetos y subjetividades colectivas portadores de otros proyectos económicos, sociales y políticos y alternativos al orden capitalista.

Paralelamente, dicha proletarización de la dominación capitalista también ha visibilizado, reactivado y posibilitado el surgimiento de modos de vida, valores, vínculos, redes y proyectos sociales que se salen de su lógica individualista, competitiva y contractual. Por lo menos desde América Latina, tales dinámicas y prácticas sociales alternativas son a la vez portadoras de otros sentidos de comunidad. A través de ellos emerge una nueva sociabilidad, al igual que accio
nes colectivas y modos de entender la democracia.

El reconocimiento de estos sentidos de lo comunitario pueden dar aliento a propuestas y proyectos alternativos al empobrecimiento material y subjetivo que conlleva el capitalismo. Por ello, el desafío consiste en construir una perspectiva que perfile la comunidad como categoría para reconocer y encauzar ciertas dinámicas sociales y políticas potencialmente emancipadoras.

Reindianización

En primer lugar, a diferencia de lo que suponían sociologías y políticas desarrollistas, los vínculos y valores comunitarios tradicionales no desaparecen al paso de la modernización
capitalista. Por el contrario, en algunos casos incluso se fortalecen y reactivan cuando la gente comienza a resistirse al desarrollo. Es el caso de muchos pueblos indígenas y poblaciones campesinas en países como Bolivia, Ecuador, Colombia, Guatemala y México, donde lo comunitario constituye un modo de vida ancestral, sustentado en la existencia de una base territorial común, unas formas de producción y de trabajo solidarias, unas prácticas de autoridad y un repertorio de costumbres comunitarias.

En las últimas décadas también se ha dado un proceso de reindianización en varios países. Con ese término me refiero a una reactivación de identidades ancestrales junto a estrategias de recuperación de territorios, costumbres y formas de gobierno comunitarios. Algo similar ha pasado con algunas poblaciones afroamericanas en Perú, Colombia,
Ecuador y El Caribe.

La presencia de sentidos, vínculos y prácticas que se reivindican como comunitarios también aparecen en las fases iniciales y en coyunturas de movilización de asentamientos urbano-populares, cuando la precariedad de sus condiciones o situaciones límites de injusticia activan procesos de solidaridad y ayuda mutua. También se percibe el surgimiento de vínculos estables de solidaridad basados en la vecindad y en otras redes de apoyo como el origen provincial o la afinidad étnica. En las fases iniciales de un asentamiento popular se va conformando una malla de relaciones. Surge una red de solidaridades y lealtades que se constituye en una fortaleza colectiva y de resistencia frente a las dinámicas masificadoras de la vida urbana, la economía mercantil y las políticas adversas.

Cuando ocurre una catástrofe

Procesos similares los hemos encontrado en situaciones posteriores a catástrofes naturales o humanas, como en los casos de los terremotos de Managua (1976), México (1985) y Armenia (1999), y los derrumbes e inundaciones ocasionadas por el “Fenómeno de la Niña” en centenares de pueblos en Colombia (2011). En estos casos, al verse enfrentados
con la ausencia, tardía o limitada acción institucional, los propios afectados activaron mecanismos de solidaridad y acción colectiva que les permitieron reinventarse como comunidades.
Junto a las formas de vida o vínculos comunitarios territoriales, podemos agregar otros que tienen que ver con valores de justicia y sentidos de futuro compartido. Como ejemplo puede citarse a los movimientos sociales que agrupan a diferentes personas en torno a la defensa del am
biente, lo público, la reivindicación de sus derechos de género o culturales. Tales colectivos, desde su indignación
común, sus acciones conjuntas y la construcción de agendas compartidas, van generando sentidos de pertenencia y vínculos comunitarios que trascienden los intereses que los motivan. Dichas comunidades intencionales surgen por el propósito deliberado de reorganizar su convivencia de acuerdo a valores idealmente elaborados, en base a creencias o a nuevos marcos sociales de referencia.

Crear una cultura

Por otro lado, en el contexto citadino se vienen gestando formas de sociabilidad marcadas por fuertes e intensos lazos emocionales, ya sea en torno a espacios masivos o de
consumo cultural, como es el caso de las “culturas juveniles” (punk, rock, hip hop), de las barras futboleras y de las múltiples agrupaciones de adultos en torno a prácticas culturales compartidas. No se trata de solidaridades estables ni están
orientados por sentidos anticapitalistas, pero sí generan lealtades y vínculos interpersonales que no se definen por el mero interés o beneficio económico.

Junto a estos sentidos de comunidad asociados a dinámicas sociales particulares, otros reivindican lo comunitario asociado a la necesidad de retomar el sentido ético de la política, desde ideales democráticos basados en la justicia, de tal modo que no existan excluidos “de hecho” de las comunidades políticas. Otros acuden a la noción de “bien común”, entendido como conjunto de asuntos comunes que hacen posible la convivencia entre diversos actores sociales.

Esta emergencia comunitaria en América Latina exige una conceptualización de la comunidad que posibilite comprender y encauzar dichos modos de vida, vínculos y procesos comunitarios desde las perspectivas emancipadoras
propias de la educación popular. A continuación se mencionan algunas ideas que pueden servir para dicho propósito.

De la comunidad como representación a la comunidad como concepto

Comencemos por remitirnos a los orígenes del uso de “comunidad” como concepto en la naciente sociología en la segunda mitad del siglo XIX. En este periodo las sociedades europeas padecieron rápidos y radicales cambios consecuencia de las revoluciones francesa e industrial. Uno de ellos era el modo en que las personas se relacionaban entre sí. Mientras en las sociedades tradicionales la vida colectiva se ar ticulaba en torno a lazos subjetivos y compromisos basados en valores como la lealtad y el compromiso mutuo, en las cidades modernas y el mundo de los negocios, las relaciones sociales se sustentan en contratos entre individuos, en acuerdos de intereses basados en una racionalidad utilitarista.

Esta metamor fosis fue identificada por el joven sociólogo alemán Ferdinand Tönnies. En 1887, en su libro “Comunidad y sociedad”, él introdujo la categoría comunidad para referirse a un tipo de relación social basado en nexos subjetivos fuer tes como los sentimientos, la proximidad territorial, las creencias y las tradiciones comunes, como en el caso de los vínculos de parentesco, de vecindad y de amistad. Dicho tipo de vínculo se opone al de sociedad considerada como un tipo de relación social caracterizada por un alto grado de individualidad e impersonalidad, procedente del mero interés.

Tal vez la diferencia fundamental entre comunidad y sociedad es que en la comunidad los seres humanos “permanecen esencialmente unidos a pesar de todos los facto
res disociantes”, mientras en la sociedad “están esencialmente separados a pesar de todos los factores
unificadores” (Nisbet 1996: 106).

Para Tönnies lo comunitario y lo societario no son inherentes a una época o colectivo social determinado. En su época también emergían “comunidades de espíritu” en torno a valores y proyectos de vida compar tidos, como el socialismo al que per tenecía.

Weber percibe una acción social que “se inspira en el sentimiento subjetivo de los par tícipes de constituir un todo; los vínculos comunitarios también generan un sentido de per tenencia basado en “toda suer te de fundamentos afectivos, emotivos y tradicionales” ( Weber 1922: 33).
 También advier te que no toda par ticipación implica necesariamente comunidad; el habitar en un mismo lugar o per tenecer a la misma etnia no conlleva necesariamente la pre
sencia de vínculos o sentimientos subjetivos de per tenencia colectiva.

Estas elaboraciones tienen vigencia en la medida en que nos permiten criticar las relaciones que el capitalismo continúa promoviendo, así como cuestionar el supuesto de que cualquier población localizada ya es una comunidad. Más bien nos permite preguntarnos qué tanto de comunidad hay en cualquier vecindario o aldea campesina, ya que nos remite a la calidad de los vínculos. Asimismo, el hecho de impulsar acciones adjetivadas como comunitarias no
significa que par tan de comunidades ya dadas, sino que buscan promover sentidos y vínculos comunitarios.

La comunidad como un don

Otra perspectiva de comunidad es la que propone Roberto Espósito (2003), quien al remitirse a su etimología latina revela que en la palabra communitas, el sufijo munus, entendido como “don”, remite a una ausencia, a una obligación
o deuda compartida y no a la posesión de algo en común. Así, la comunidad no sería un conjunto de individuos que comparten propiedades comunes, sino un compromiso compartido entre sujetos singulares, del que se hacen solidariamente responsables y que hay que renovar permanentemente. Así, lo opuesto a communitas es inmunitas, que remite al que no quiere asumir la carga, la responsabilidad de y con los otros.

Estas ideas de Espósito también pueden ser pertinentes para dar cuenta y potenciar las prácticas y procesos comunitarios actuales que emergen y se sostienen en torno a sueños y compromisos compartidos, que no se agotan en la
consecución de unas reivindicaciones o la existencia de unas utopías compartidas.

La comunidad también remite a lo inaugural, al potencial creativo de lo instituyente. Así pues, no es apropiable por poder alguno, más bien hace que las posiciones y las afinidades circulen, obliguen a su revisión continua para no institucionalizarse. Este sentido de comunidad corresponde a ciertos momentos de efervescencia social y solidaridad que Turner (1998) denomina communitas, que se contrapone a
“estructura”, lo instituido socialmente.

Comunidades campesinas de Cajamarca Perú.

Estos aportes sobre el carácter instituyente de lo comunitario son muy pertinentes para dar cuenta de situaciones, coyunturas o procesos en los cuales se activan o reactivan sentidos. Ellos ayudan a explicar vínculos y prácticas de carácter solidario, cuando, al calor de una adversidad, de un proceso social emergente, se despliega el potencial creativo de los colectivos.

Cuando del mundo académico percibe un clima de retorno a la comunidad podemos, preguntarnos: ¿Qué podemos retomar de este amplio y todavía abierto campo intelectual y político sobre los sentidos de comunidad “que están
en juego”, en América Latina?

En primer lugar, nos permiten asumir la comunidad como una categoría de pensamiento crítico que permite reconocer aquellos procesos, acciones y experiencias que evidencian o promueven vínculos, significados compartidos y ambientes orientados a la solidaridad, la reciprocidad, el compromiso mutuo y la producción de un sentido de pertenencia, con el poder de cuestionar o constituirse como alternativa a la racionalidad capitalista.

Desafíos comunitarios a la educación popular

¿Cuáles son los sentidos e implicaciones que tendría para el campo de la educación popular esta percepción de la comunidad y su potencial emancipador, en particular las articulaciones e interacciones con colectivos, procesos e ideales “comunitarios”? Consideremos la comunidad como modo de vida, vínculo, como valor y como un horizonte de futuro que
se opone al capitalismo. Desde esta perspectiva, la educación popular es una práctica pedagógica emancipadora.

Hoy en día se advierte una serie de usos y abusos de la categoría “comunidad” en el actual contexto social político y hegemónico, y en sus alternativas. Por una parte, tenemos países donde las políticas sociales están subordinadas al modelo neoliberal. Allí los programas y proyectos buscan integrar subordinadamente a las poblaciones pobres rurales y urbanas a la economía y la sociedad capitalistas. Bajo el nombre de “desarrollo comunitario” o “participación comu
nitaria” se instrumentaliza a dichas poblaciones como “usuarios”, “beneficiarios” o “clientes” de la acción estatal. Estas políticas “comunitarias” debilitan los lazos y los valores comunitarios, fomentando las relaciones asistencialistas
y clientelares, así como la pasividad, el individualismo y la rivalidad entre los pobladores.

Por otra parte, desde iniciativas sociales y políticas progresistas, altruistas e incluso alternativas, se ha generalizado el calificativo “comunitario” para nombrar diferentes prácticas de acción social con poblaciones populares. Se sostiene que, por el hecho de habitar en un mismo territorio y compartir carencias y necesidades comunes, son ya comunidades. Algunas propuestas de acompañamiento y trabajo comunitario, así como de “educación comunitaria”, asumen dichos colectivos como homogéneos, atribuyéndoles una voluntad y una conciencia comunes que hay que
movilizar en función de los intereses y finalidades de cambio
que promueven.

La comunidad crítica

Frente a estas concepciones, conviene que consideremos una perspectiva que reivindique el potencial impugnador, instituyente y emancipador. Una perspectiva que retome el sentido político, ético, crítico y emancipador de lo comunitario,
lo cual podría observarse en la solidaridad y el compromiso entre sujetos singulares.

En este sentido, será “comunitaria” una política o acción educativa que promueva vínculos, subjetividades y valores comunitarios. Se trata de un proceso de creación y fortalecimiento permanente del tejido social, y de potenciación de la capacidad de agencia de sujetos personales y colectivos sociales unidos entre sí en torno a diferentes factores y circunstancias (territoriales, culturales, generacionales, creencias y visiones de futuro compartidas). Las comunidades no se supondrían como estructuras dadas de una vez por todas, sino que estarían en un proceso de permanente evolución y aprendizaje.

Esta perspectiva implica que quienes pretendan impulsar proyectos o acciones de promoción, participación o
educación comunitarias, incorporen de manera consciente dispositivos que generen o alimenten vínculos, subjetividades y valores comunitarios como la producción de narrativas y símbolos que afirmen sentido de pertenencia. También
ofrecen una reflexión conjunta sobre lo que significa ser una comunidad y formar parte de ella. Nos permiten identificar los factores y actores que atentan contra los vínculos y valores colectivos, y además nos entregan una formación en torno a las tradiciones, los valores y los ideales comunitarios.

Por último, la Educación Popular puede servir de estímulo para que las diferentes expresiones de comunidad incorporen prácticas reflexivas sobre su carácter y potencialidad emancipadora, al introducir espacios de reflexión sobre las dinámicas, relaciones y subjetividades que las constituyen. Cuando se generan estos procesos reflexivos sobre los factores, rasgos y potencialidad que definen sus vínculos e identidades colectivas, se van configurando “comunidades críticas” (Kemmis 1993).

 


Referencias

Barcelona, P. (1992): Postmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social. Valladolid: Trota (tercera edición 1999).

Esposito, R. (2003): Communitas. Origen y destino de la comunidad. Buenos Aires: Amorrortu.

Kemmis, S. (1993): La formación del profesorado y la extensión de comunidades críticas. Investigación en la escuela # 19. Madrid.

Maffesoli, M. (1990): El tiempo de las tribus. Barcelona: Ikaria.

Nisbet, R. (1996): La formación del pensamiento sociológico. Vol. 1. Buenos Aires: Amorrortu.

Tönnies, F. (1887)[1979]: Comunidad y asociación. Madrid: Península.

Torres, A. (2013): El retorno a la comunidad. Problemas, debates y desafíos de vivir juntos. Bogotá: CINDE – El Búho.

Turner, V. (1998): El proceso ritual. Estructura y antiestructura. Madrid: Taurus.

Weber, M. (1922)[1944]: Economía y sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.

 


 

Sobre el autor

Alfonso Torres Carrillo es un educador popular colombiano. Licenciado en Ciencias Sociales, Magíster en Historia y Doctor en estudios latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investiga en torno a temas relacionados con movimientos sociales, organizaciones comunitarias, educación popular, investigación participativa y sistematización de experiencias. Entre sus libros recientes, están: Hacer historia desde abajo
y desde el sur (2014), El retorno a la comunidad (2013) y Educación popular. Trayectoria y actualidad (2009).

Contacto
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Av Calle 72 # 11 Bogotá, D.C., Colombia 
alfonsitorres@gmail.com 

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